Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Bajaos! ¡Bajaos! —gritaron los del campamento. Athos se bajó, y sus amigos, que le aguardaban con ansiedad, le vieron reaparecer con alegría.

—Bueno —dijo D’Artagnan a Athos—, larguémonos; ahora que lo hemos encontrado todo, menos el dinero, sería una necedad hacernos matar.

Pero Athos continuó marchando majestuosamente, sin hacer caso de las observaciones de sus amigos, que, al ver la inutilidad de sus observaciones, regularon su paso sobre el de aquel.

Grimaud y su cesta habían tomado la delantera y los dos se hallaban ya fuera de tiro.

Poco después, se oyó un traquido espantoso.

—¿Qué significa eso? —preguntó Porthos—. ¿Sobre qué tiran? No oigo silbar bala alguna ni veo bicho viviente.

—Tiran sobre nuestros muertos —dijo Athos.

—Pero nuestros muertos no contestarán.

—Naturalmente; entonces los rochelanos, en la creencia de que se les tiene dispuesta una emboscada, enviarán un parlamentario, y cuando se darán cata de la burla, ya estaremos fuera de tiro. He aquí por qué es inútil que cojamos una pleuresía apresurándonos.

—¡Oh! Ahora comprendo —exclamó Porthos, maravillado.

—Ya es raro —dijo Athos, encogiendo los hombros.


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