Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Grimaud ya había tomado la delantera con la cesta y las sobras.
Los cuatro amigos salieron tras el lacayo y dieron algunos pasos, cuando de improviso Athos exclamó:
—¿Qué diablos estamos haciendo, señores?
—¿Te has olvidado algo? —preguntó Aramis.
—¡Y la bandera, diablos! No hay que dejar nunca una bandera en poder del enemigo, aunque la bandera solo sea una servilleta.
Tras estas palabras, Athos echó a correr hacia el bastión, se subió a la plataforma y quitó el espontón en cuyo extremo superior ondulaba la servilleta; pero como los rochelanos habían llegado a tiro de mosquete, rompieron un fuego terrible sobre el mosquetero que, como por gusto, iba a exponerse a los proyectiles enemigos. Sin embargo, no parecía sino que Athos llevase un amuleto, pues las balas pasaron silbando en torno de él sin que ni una lo tocase.
Athos volvió las espaldas a los rochelanos y, blandiendo la bandera, saludó a los del campamento. En una y otra parte resonaron grandes voces: de cólera en el campo de los sitiados, de entusiasmo en el de los sitiadores.
Retumbó otra descarga, y tres balas, al atravesarla, convirtieron realmente en bandera la servilleta.