Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —SÃ, por mi vida, ahà están —respondió el mosquetero—. Mirad los maliciosos, venirse a la chita callando, sin tambores ni trompetas. ¿Has acabado, Grimaud?
El lacayo hizo una señal afirmativa, y mostró una docena de cadáveres a los que habÃa colocado en las actitudes más pintorescas: unos llevaban el arma al brazo, otros hacÃan como que apuntaban, y otros blandÃan la espada.
—¡Bravo! —exclamó Athos—, lo que has hecho hace honor a tu imaginación.
—Pero —dijo Porthos—, yo querrÃa comprender…
—Antes que nada, toquemos soleta —repuso D’Artagnan—, después ya comprenderás.
—Un instante, señores, un instante —dijo Athos—, demos tiempo a Grimaud para que levante los manteles.
—¡Ah! —exclamó Aramis—, los puntos negros y los puntos rojos van agrandándose muy visiblemente, y opino como D’Artagnan; sin pérdida de segundo debemos tomar la vuelta del campamento.
—No me opongo a la retirada —repuso Athos—; hemos apostado que pasarÃamos aquà una hora, y hemos estado hora y media; nada hay que decir; partamos, señores.