Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Mal contentadizo sois —repuso Athos—, ¡una mujer tan hermosa!

—¡Una mujer de marca! —profirió Porthos, riéndose estrepitosamente.

Athos se estremeció, se secó con la mano el sudor que le corría por la frente, y, a su vez, se levantó con un ademán nervioso que no pudo reprimir.

Con todo eso transcurrió el día, y con la venida de la noche, que llegó con más lentitud, pero que al fin llegó, las cantinas se llenaron de gente.

Athos, que había embolsado la parte que del producto del diamante le correspondiera, pasaba el tiempo en el Parpaillot, en compañía de m. de Busigny, que, por lo demás, les diera una suculenta comida, y en el cual halló una pareja que ni hecha de encargo.

Busigny y Athos estaban, pues, jugando, como de costumbre, cuando dieron las siete y pasaron las patrullas que iban a reforzar los cuerpos de guardia.

A las siete y media tocaron retreta.

—Estamos perdidos —dijo D’Artagnan al oído de Athos.

—Queréis decir que hemos perdido —repuso con tranquilidad el mosquetero, mientras sacaba cuatro pistolas de su faltriquera y las ponía sobre la mesa. Y, dirigiéndose a sus amigos, añadió—: Venga, señores, a acostarnos, tocan retreta.


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