Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Athos salió del Parpaillot seguido de D’Artagnan.

Aramis iba un poco más atrás, dando el brazo a Porthos y mascullando versos, mientras el gigante, de tiempo en tiempo y en señal de desesperación se arrancaba pelos del bigote.

De pronto, y en medio de la oscuridad, los cuatro amigos divisaron un bulto, de forma familiar a D’Artagnan, y que con voz de este muy conocida, le dijo:

—Señor, os traigo la capa, pues la noche es fría.

—¡Planchet! —exclamó D’Artagnan, ebrio de gozo.

—¡Planchet! —repitieron Porthos y Aramis.

—Bueno, sí, Planchet —repuso Athos—, ¿qué hay de extraño en eso? El muchacho prometió estar de regreso a las ocho, y, ¿oís?, están sonando. Bien, Planchet, sois hombre de palabra; si algún día dejáis el servicio de vuestro amo, yo os tomo al mío.

—Nunca, nunca dejaré yo a m. D’Artagnan —contestó Planchet, mientras deslizaba en la mano de aquel un billete.

D’Artagnan sentía vehementes impulsos de abrazar a Planchet, como lo abrazara a su partida; pero se refrenó temeroso de que tal muestra de cariño, dada a su lacayo en medio de la calle, no pareciese extraordinaria a algún transeúnte.


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