Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Quién sabe; por otra parte, mi acción tendrÃa una excusa, por cuanto mi mano no serÃa la primera mano de hombre que se hubiese puesto sobre vos —dijo el barón, indicando con ademán lento y acusador el hombro izquierdo de milady y casi tocándolo con el dedo.
Milady lanzó un rugido sordo, y retrocedió hasta uno de los rincones del aposento, cual pantera que busca apoyo para arremeter.
—Rugid cuanto os plazca —dijo lord Winter—, pero no intentéis morder, porque redundarÃa en vuestro perjuicio, os lo advierto; aquà no hay procuradores que arreglen de antemano las herencias, ni caballero andante que venga a buscarme quimera en favor de la hermosa dama a quien retengo presa; pero cuento con jueces que dispondrán de una mujer bastante desvergonzada para deslizarse, bÃgama, en el lecho de lord Winter, mi hermano mayor, y tened por seguro que esos jueces os librarán a un verdugo que os pondrá iguales los dos hombros.
Tales eran los rayos que lanzaban las pupilas de milady, que el barón, por más que era hombre e iba armado y se las habÃa con una mujer inerme, sintió penetrar hasta su alma el frÃo del hielo; sin embargo, continuó con furor creciente: