Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Tengo yo cara de bromear? —preguntó el barón, levantándose y retrocediendo un paso.
—O más bien me estáis insultando —prosiguió lady Clarick oprimiendo con sus crispadas manos los brazos del sillón y levantándose sobre sus muñecas.
—¡Insultaros yo! —exclamó lord Winter con desprecio—; ¿y vos creéis que tal es posible?
—En verdad, caballero —dijo milady—, o estáis ebrio o habéis perdido el juicio; salid y enviadme una doncella.
—Las doncellas son muy indiscretas, hermana mía; yo podría desempeñar este oficio para con vos, y de esta suerte quedarían en familia todos nuestros secretos.
—¡Insolente! —exclamó milady, la cual, como despedida por un muelle, se echó de un brinco sobre el barón, que la aguardaba con los brazos cruzados, pero con una mano en la empuñadura de su espada.
—¡Alto ahí! Ya sé que acostumbráis a asesinar al prójimo, pero os advierto que yo me defenderé, aunque sea contra vos —repuso Winter.
—¡Oh! Tenéis razón —exclamó milady—; me parecéis lo suficientemente cobarde como para poner la mano sobre una mujer.