Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Conque no es amigo vuestro? —repuso con indolencia el barón—; perdonad, yo tenÃa entendido que lo era; pero ya volveremos a hablar de milord duque más tarde, no nos desviemos del rumbo sentimental que habÃa tomado la conversación. ¿DecÃais que vuestra venida no obedece más que a vuestro deseo de verme?
—A nada más.
—Y yo os he contestado que quedarÃais servida a pedir de boca y que nos verÃamos diariamente.
—Asà pues, ¿debo permanecer aquà a perpetuidad? —preguntó milady con cierta zozobra.
—¿Os parece que estarÃas mal alojada, hermana mÃa? Pedid cuanto necesitéis, y haré que os lo traigan sin demora.
—Pero no tengo mis doncellas, ni mis criados…
—No os faltarán, señora; decidme con qué tren habÃa puesto su casa vuestro primer marido, y aunque no soy más que vuestro cuñado, haré como aquel.
—¡Mi primer marido! —prorrumpió lady Clarick, mirando a milord con ojos de azoramiento.
—Quiero decir, vuestro marido francés; no me refiero a mi hermano. Por lo demás, si lo habéis olvidado, como todavÃa vive, podrÃa escribirle yo para que me ilustrara sobre el particular.
—Estáis bromeando —dijo con voz sorda milady, cuya frente se humedeció de frÃo sudor.