Los Tres Mosqueteros

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Por su parte, y de tiempo a tiempo, los sitiadores cogían a alguno de los emisarios que los rochelanos enviaban a Buckingham, o a alguno de los espías que Buckingham enviaba a los rochelanos. En uno como en otro, caso la causa era sumaria; el cardenal no pronunciaba más que una sola palabra:

«¡Ahorcadlo!». Convidaban al rey a presenciar el ahorcamiento, y el rey acudía con languidez, y se colocaba en buen sitio para ver con todo detalle la operación. Esto siempre lo distraía poco o mucho y le hacía sobrellevar el sitio, si bien no lo sacaba de su profundo aburrimiento y a cada dos por tres hablase de volverse a París; de modo que de haberse acabado los espías y los emisarios, su eminencia se habría visto grandemente apurado, pese a su fecunda imaginación.

Con todo eso el tiempo iba su camino, y los rochelanos no se rendían. El último espía a que los sitiadores echaran el guante, era portador de una carta a Buckingham; pero, aunque en la carta aquella los sitiados manifestaban que la ciudad estaba reducida al último extremo, en vez de añadir: «Si antes de quince días no nos llega vuestro socorro, nos rendiremos», decía, sencillamente: «Si antes de quince días no nos llega vuestro socorro, cuando este llegue todos habremos perecido de hambre».


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