Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh! ¡Cuánto os debo, Aramis! —exclamó D’Artagnan—. ¡Mi querida Constance! Por fin sé de ella; vive, y está a salvo en un convento de Stenay. ¿Dónde está Stenay, Athos?
—A pocas leguas de la frontera. Una vez levantado el sitio, podremos ir a dar una vuelta por allá.
—Y es de presumir que eso no tardará mucho —dijo Porthos—, pues esta mañana han ahorcado a un espÃa que ha declarado que los rochelanos ya se comÃan el cuero de los zapatos; y suponiendo que después de haberse comido el cuero se coman la suela, no sé qué les quedará, como no se devoren unos a otros.
—¡Infelices! —repuso Athos bebiéndose un vaso de generoso vino de Bordeaux, que si bien en aquel tiempo no tenÃa la fama de nuestros dÃas, no era menos merecedor de ella—. ¡Infelices! ¡Como si la religión católica no fuese la más ventajosa y agradable de todas las religiones! —Y haciendo chasquear la lengua contra el paladar, añadió—: Lo mismo da, son buena gente. Pero ¿qué diantre estáis haciendo, Aramis? ¡Qué! ¿Os metéis esa carta en el bolsillo?
—Athos tiene razón —profirió D’Artagnan—, es menester quemar esa carta, y aun asÃ, ¿quién sabe si el cardenal no conoce un secreto para interrogar las cenizas?
—Debe de conocer uno —repuso Athos.