Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Qué queréis hacer con esa carta? —preguntó Porthos.

—Acercaos, Grimaud —dijo Athos. El lacayo se levantó y obedeció.

—En castigo de haber hablado sin licencia —repuso Athos—, vais a comeros este pedazo de papel; luego, y en recompensa del servicio que nos habréis prestado, os beberéis este vaso de vino. Ahí va la carta, y masticad con energía.

Grimaud sonrió, y, con los ojos fijos en el vaso que Athos acababa de llenar hasta el borde, trituró el papel y se lo tragó.

—¡Bravo! Sois un maestro, Grimaud —exclamó Athos—; ahora tomad el vaso; os dispenso de dar las gracias.

Grimaud tragó silenciosamente el vino de Bordeaux; pero sus ojos, clavados en el cielo mientras duró ocupación tan agradable, hablaban un lenguaje que no porque fuese mudo dejaba de ser expresivo.

—Ahora —dijo Athos—, a menos que a monseñor se le ocurra la ingeniosa idea de abrir en canal a Grimaud, me parece que podemos estar casi tranquilos.

Mientras tanto, su eminencia continuaba su paseo, melancólico y murmurando:

—Urge que esos cuatro hombres sean míos.


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