Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Perdonad, caballero —respondió con dulzura lady Clarick—, se me olvidaba que mis cantos son irregulares en esta casa. Tal vez os he ofendido en vuestras creencias; pero os juro que ha sido involuntariamente; perdonadme por esta falta, grande quizá, pero no intencionada.
Estaba milady tan hermosa en aquel momento, el éxtasis religioso en el que parecÃa abismada daba un hechizo tal a su fisonomÃa, que Felton, deslumbrado, creyó ver al ángel al cual hacÃa poco solo le parecÃa oÃr.
—Es verdad, señora —dijo el teniente—, turbáis y molestáis a los que habitan en este castillo.
Y el infeliz insensato no advertÃa la incoherencia de sus propias palabras, mientras milady sondeaba con su mirada de lince los más profundos senderos de su corazón.
—Me callaré —dijo lady Clarick con toda la dulzura que pudo dar a su voz, toda la resignación que supo imprimir a su ademán, y bajando los ojos.
—No, señora —repuso Felton—; lo único que os pido es que cantéis en voz más baja, sobre todo de noche.
Dichas estas palabras, y conociendo que no podrÃa conservar por mucho tiempo su severidad para con la presa, el teniente salió del aposento como quien huye.