Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Dios tendrá en cuenta mi llanto

y los males que he sufrido

cuando se digne llamarme

ante el tribunal divino.

La voz de lady Clarick, de extensión inusitada y de pasión sublime, daba a la tosca e inculta poesía de aquellos salmos una magia y una expresión que los puritanos más exaltados hallaban rara vez en los cantos de sus cofrades, y que se veían obligados a engalanar con todos los recursos de su imaginación: a Felton le pareció oír cantar a un ángel que consolaba en el horno a los tres hebreos.

Milady prosiguió:

Mas de nuestra redención

el día, Dios justo y fuerte,

llegará; si no, nos quedan

el sacrificio y la muerte.

Esta estrofa, en la cual la terrible embelesadora se esforzó en poner toda su alma, acabó de trastornar el corazón del joven teniente; el cual abrió de improviso la puerta y, pálido como siempre, pero con los ojos hechos un ascua y de mirar casi extraviado, entró en el aposento y preguntó a milady:

—¿Por qué cantáis de esta suerte y con tal voz?


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