Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Milady, que al tiempo que cantaba aguzaba el oído, notó que el centinela de la puerta se había parado cual si se hubiese convertido en marmórea estatua, y tuvo ocasión de juzgar sobre el efecto que produjera. Continuó su canto con fervor y sentimiento inefables, dando por sentado que los sonidos se esparcían a lo lejos bajo las bóvedas y que iban, con su mágico hechizo, a ablandar los corazones de sus carceleros. Sin embargo, parece que el centinela, indudablemente católico celoso, sacudió su hechizo, pues dijo a través de la puerta:
—Callaos, señora, vuestra canción es triste como un De profundis, y si aparte del gusto que le da a uno estar de centinela aquí hay que añadir el que da el oír tales cosas, el demonio que lo resista.
—¡Silencio! —exclamó una voz grave, en la que milady conoció la de Felton—. ¿En qué os metéis, tunante? ¿Os han ordenado, por ventura, que privaseis de cantar a esa mujer? No. Os han dicho que la custodiaseis, y que si intentaba evadirse, hicieseis fuego sobre ella. Custodiadla pues, y si se fuga, matadla; pero no modifiquéis la consigna.
El rostro de milady cobró una expresión de gozo indecible, pero fugaz como el rayo, y haciendo que no había oído el diálogo del que no perdiera sílaba, anudó su canto, imprimiendo a su voz todo el hechizo, toda la amplitud y toda la seducción que el demonio había puesto en ella: