Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Milady, que sabía que podían espiarla, continuó sus oraciones hasta el fin, y aun se le figuró que el soldado que estaba de centinela a su puerta no andaba al mismo paso y, al parecer, prestaba oído atento.

Por el pronto, milady no pedía más; así pues, se levantó, se sentó a la mesa, comió poco y no bebió más que agua.

Una hora después vinieron para retirar la mesa, pero milady notó que Felton no acompañaba a los soldados.

El teniente, por lo tanto, temía verla con demasiada frecuencia.

Lady Clarick se volvió de cara a la pared para sonreírse porque su sonrisa estaba animada de una expresión tal de triunfo, que la hubiera vendido.

Dejó que transcurriese media hora más, y en medio del silencio en que yacía el vetusto castillo y al ronco y eterno mugir de las olas, inmensa respiración del océano, con su voz pura, armoniosa y vibrante, empezó la primera estrofa de este salmo que gozaba entonces de predicamento entre los puritanos:

Señor, tú nos abandonas

para probar nuestras fuerzas,

mas luego nos das la palma

en premio a nuestra firmeza.

Estos versos eran malos, es verdad; pero los puritanos no presumían de poetas.


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