Napoleon

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Bonaparte no se había engañado: los parlamentarios llegan y se señala la ciudad de Léoben para celebrar las negociaciones. No necesita ya plenos poderes del Directorio; él es quien ha hecho la guerra y él es quien hará la paz.

«Atendido el estado de cosas —escribe—, las negociaciones, hasta con el Emperador, han llegado a ser una operación militar».

Sin embargo, esta operación languidece y se prolonga mucho, pues todas las astucias de la diplomacia la rodean y la entorpecen. Pero entonces llega el día, en medio de una discusión, en que el león se cansa de estar en la jaula. Bonaparte se levanta, coge una magnífica bandeja de porcelana, la hace pedazos y la pisa y después, volviéndose hacia los plenipotenciarios estupefactos, les dice:

—Así es como os pulverizaré a todos, puesto que es lo que queréis.

Los diplomáticos se amedrentan; se da paso a la lectura del tratado, y en el primer artículo, el emperador declara que reconoce la República francesa.

—¡Rayad ese párrafo! —exclama Bonaparte—; ¡la República francesa es como el sol en el horizonte y ciegos son aquellos que no han visto su resplandor!


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