Napoleon
Napoleon Entretanto, de todas partes llegan auxilios a Djezzar; las bajas de Siria han reunido sus fuerzas y marchan sobre Acre; Sydney-Smith acude con la flota inglesa y por último, la peste, ese otro ejército más terrible que todos los demás, viene en auxilio del verdugo de Siria. Es preciso librarse del ejército de Damasco: Bonaparte, en vez de esperarle o retroceder a su aproximación, marcha a su encuentro, le alcanza, le dispersa en la llanura del monte Tabor y después vuelve para intentar otros cinco asaltos, tan inútiles como los primeros. San Juan de Acre es para él la ciudad maldita, su némesis, y no pasará de ella.
Todos se asombran de que el general se obsesione asà con la toma de una bicoca, de que arriesgue diariamente su vida, la de sus mejores oficiales y más valiosos soldados; todos censuran aquella obstinación, sin objeto al parecer. Él mismo explicó este aparente sinsentido a Duroc, después de que en uno de esos infructuosos asaltos éste quedara herido, porque necesitaba que algún espÃritu grande como el suyo supiera que no procedÃa como un loco.