Napoleon
Napoleon —Sà —dijo—, veo que esta bicoca me ha costado bastante gente y mucho tiempo; pero las cosas están demasiado adelantadas para no intentar otro esfuerzo. Si lo consigo al fin, encontrarÃa en la ciudad los tesoros del Bajá y armas para trescientos mil hombres; sublevarÃa y armarÃa a Siria, tan indignada por el yugo cruel de Djezzar que a cada asalto la población pide a Dios que la ciudad caiga en mis manos; y marcharÃa al fin sobre Damasco y Alepo. Después avanzo por el paÃs, cuanto más crece mi ejército más insurgentes se alÃan a la causa; anuncio al pueblo la abolición de la servidumbre del gobierno tiránico de los bajas; llego a Constantinopla con grandes grupos armados; derribo el imperio turco; fundo en Oriente un nuevo y gran imperio que fije mi lugar en la posteridad y vuelvo a ParÃs por Andrinópolis y Viena después de haber aniquilado la casa de Austria —y dejando escapar un suspiro, continuó—: si no consigo mi objeto en el último asalto que voy a intentar marcharé al punto, porque otros asuntos me reclaman. No estaré en El Cairo antes de mediados de junio; los vientos serán entonces favorables para ir desde el Norte a Egipto. Constantinopla enviará tropas a AlejandrÃa y Rosetta, y es preciso que yo esté allÃ. En cuanto al ejército que venga más tarde por tierra, no lo espero hasta este año; mandaré destruir todo hasta la entrada del desierto e imposibilitaré el paso de un ejército, al menos de aquà a dos años: no podrán vivir en medio de las ruinas.