Napoleon

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Toda la noche transcurre con nerviosismo: Bonaparte no abandona el puente; manda preparar una chalupa grande, poniendo en ella doce marineros; ordena a su secretario que recoja sus papeles más importantes y llama a veinte hombres, con los cuales se hará encallar en las costas de Córcega. Al rayar el día, todas estas precauciones son ya inútiles; la preocupación se desvanece, y los barcos continúan su ruta hacia el Nordeste. El 8 de octubre, al amanecer, se divisa Frejus y a las ocho se entra en la bahía. Al momento se propaga el rumor de que una de las dos fragatas está conducida por Bonaparte; el mar se cubre de embarcaciones, todas las medidas sanitarias se ignoran y olvidadas por el pueblo y en vano se les advierte del peligro de contagio que les amenaza.

—Preferimos la peste a los austriacos —contesta sin vacilar.

Bonaparte es conducido en medio de vítores; aquello se convierte en una fiesta, es una ovación, un triunfo; y al fin, en medio del entusiasmo, de las aclamaciones y del delirio, César pone el pie en aquella tierra donde no hay un Bruto.

Seis semanas después, Francia no tiene ya directores, sino tres cónsules, y entre ellos se cuenta uno, que responde al nombre de Sieyès, que lo sabe todo, que lo dispone todo y que todo lo puede.

Hemos llegado al 18 brumario.


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