Napoleon

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Se comprende que al pasar de una actividad tan grande a un reposo tan absoluto, Napoleón tuviera necesidad de crearse obligaciones regulares que le ocuparan todas las horas. Se levantaba al rayar el día, se encerraba en su biblioteca y se dedicaba a escribir sus memorias militares hasta las ocho de la mañana. Luego salía a inspeccionar las obras, se paraba a interrogar a los trabajadores que eran casi todos soldados de su guardia. A eso de las once almorzaba frugalmente. Durante las horas de más calor, cuando había hecho largas caminatas o trabajado mucho, dormía unas dos horas después de almorzar, y salía otra vez a eso de las tres, unas veces a caballo y otras en carretela, acompañado del gran mariscal Bertrand y del general Drouot, que en estas excursiones nunca se apartaban de él. Por el camino atendía a todas las reclamaciones que se le pudieran presentar, y nunca se alejaba de nadie sin dejarle satisfecho. A las siete, regresaba, comía con su hermana, que habitaba en el primer piso de su palacio, e invitaba a su mesa al intendente de la isla, M. de Balbiani, al chambelán Vanatini, o bien al alcalde de Portoferraio o al coronel de la guardia nacional, y a veces incluso a los alcaldes de Porto Longone y de Río. Luego pasaba la velada en las habitaciones de la princesa Paulina.

La Emperatriz madre vivía en una casa aparte que el chambelán Vantini le había cedido.


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