Napoleon

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—Pues bien, os serviremos como soldados —le decían.

Y casi siempre los incorporaba a los granaderos. Estas adhesiones a su nombre le halagaban y le emocionaban profundamente.

Llegó el 15 de agosto, día del santo del Emperador, que se celebró con un entusiasmo tan difícil de describir que incluso al propio Napoleón, tan acostumbrado como estaba a las fiestas oficiales, le pareció un espectáculo totalmente nuevo para él. La ciudad organizó un baile al Emperador y a la guardia, a cuyo efecto se levantó en la plaza mayor de la ciudad una espaciosa tienda de campaña. Napoleón mandó que la dejasen abierta para que el pueblo entero tomara parte en la fiesta.

Las obras que se emprendían en la ciudad y en la isla, rayaban lo fastuoso. Dos arquitectos italianos, los señores Bargini, romano, y Bettarini, toscano, trazaban los planos de las construcciones resueltas; pero casi siempre el Emperador introducía en ellos algunas modificaciones con arreglo a sus ideas, pareciendo que era él el verdadero arquitecto. Así, cambió el trazado de muchos caminos comenzados, encontró una fuente cuya agua parecía de mejor calidad que la que se bebía en Portoferraio y dirigió la corriente hasta la ciudad.


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