Napoleon

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Aunque no eran ajenos a su mirada de águila los acontecimientos europeos, Napoleón estaba, en apariencia, sometido a su destino de desterrado. Nadie ponía ya en duda que con el tiempo el Emperador se acostumbraría a aquella nueva vida, rodeado del cariño de cuantos se acercaban a él. Pero entonces los mismos soberanos aliados se encargaron de despertar al león, que probablemente dormía con un ojo medio abierto.

Hacía ya muchos meses que Napoleón habitaba en su pequeño imperio, ocupándose de embellecerlo por todos los medios que su genio infatigable e inventivo le sugería, cuando se le avisó secretamente de que su nuevo alojamiento estaba dando lugar a numerosos debates. Francia, por mediación de M. de Talleyrand, reclamaba con vehemencia como medida necesaria en el congreso de Viena el fin de su estancia en la isla, exponiendo cuán peligroso era para la dinastía reinante que Napoleón residiera tan cerca de las costas de Italia y de Provenza. Se destacó en el congreso, sobre todo, que si el ilustre proscrito se cansara de su destierro, podría lograr llegar a Nápoles en cuatro días y desde allí, con la ayuda de su cuñado Murat, que todavía reinaba en aquel país, pasar a la cabeza de un ejército a las descontentas provincias del norte de Italia, y sublevarlas a un primer llamamiento, renovado así la lucha mortal que apenas acababa de terminar.


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