Napoleon
Napoleon Napoleón hizo en Francia lo que había hecho en Viena. Envió emisarios provistos de instrucciones secretas para cerciorarse de la verdad y entablar, si ello fuera posible, relaciones con los amigos que habían permanecido fieles, y con los jefes del ejército que, por estar más desatendidos, debían de estar más descontentos.
Estos emisarios confirmaron a su regreso las sospechas a las que Napoleón no daba crédito en un primer momento y al mismo tiempo le dieron la certeza de que en el pueblo y en el Ejército la revolución se estaba fermentando; que todos los descontentos, y su número era inmenso, volvían los ojos hacia él y anhelaban su regreso. En definitiva, que era inevitable una explosión social e imposible que los Borbones lucharan más tiempo contra la animadversión que habían suscitado la impericia e imprevisión de su gobierno.
Las cartas estaban echadas: por un lado estaba el peligro y por el otro, la esperanza; una prisión eterna en una roca en medio del océano o el imperio del mundo.