Napoleon
Napoleon Durante los cuatro días que permaneció en ella, estuvo bajo la mirada atenta de veinte mil almas.
El 13, el Emperador parte de Lion y duerme en Macon. El entusiasmo crece sin cesar, se desata. Ya no eran algunos individuos aislados, sino los magistrados los que salían a recibirle a las puertas de las ciudades.
El 17, un prefecto le recibió en Auxerre: era la primera autoridad superior que se aventuraba a hacer semejante demostración.
Por la noche se anunció al mariscal Ney que, avergonzado de su anterior frialdad y de haber jurado lealtad a Luis XVIII, pedía un puesto en las filas de los granaderos. Napoleón le abrió los brazos, le llamó «el valiente de los valientes», y todo quedó olvidado.
Otro abrazo mortal.
El 20 de marzo, a las dos de la tarde, Napoleón llegó a Fontainebleau. Aquel palacio conservaba terribles recuerdos: en una de sus cámaras estuvo a punto de perder la vida; en otra había perdido el Imperio. Sólo se detuvo lo necesario, y continuó su marcha a París.
Llegó de noche, como a Grenoble y como a Lion, al final de una de sus largas jornadas y a la cabeza de las tropas. Si hubiese querido habría podido entrar con dos millones de hombres.