Napoleon

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Nuestros soldados, ante aquella manera de combatir, no pensaban que aquellos enemigos fuesen hombres, sino que creían habérselas con fantasmas, espectros y demonios. En fin, mamelucos furiosos, gritos de hombres, relinchos de caballos, llamas y humo, todo se desvaneció como si un torbellino los arrebatase, no quedando ya entre las dos divisiones más que un campo de batalla sangriento, erizado de armas y de estandartes y cubierto de cadáveres y de moribundos, que en su agonía se incorporaban aún como la ola de mar que todavía no se ha calmado después de la tempestad… Para los ojos de águila que se fijaban en aquel campo de batalla, debió ser maravilloso espectáculo el que ofrecían aquellos seis mil jinetes, los primeros del mundo, montados en caballos cuyos pies apenas dejaban huella, girando como una jauría alrededor de aquellos cuadros inmóviles e inflamados, estrechándolos en sus repliegues, rodeándolos con sus nudos, tratando de sofocarlos cuando no podían romperlos, dispersándose para reunirse y huir de nuevo cambiando de frente como las olas que baten la orilla.






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