Napoleon

Napoleon

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Pero lo cogen sus generales y sus oficiales de Estado Mayor y lo empujan sus granaderos, que están dispuestos a morir, pero no quieren que su Emperador muera con ellos. Lo montan a caballo, un oficial coge la brida y se lo lleva a galope, y así pasa entre los prusianos, que lo han desbordado por espacio de más de media legua. No hay bala de fusil ni de cañón que le hiera. Por fin llega a Jemmapes, se detiene un instante, renueva sus tentativas de reunión de los fugitivos, a las cuales siguen oponiéndose la noche, la confusión, la derrota general y la encarnizada persecución de los prusianos. Convencido al fin de que, como en Moscú, todo había concluido por segunda vez y que solamente en París podría reunir el ejército y salvar la Francia, prosigue su marcha, hace un alto en Philippeville, y llega el 20 a Laon.

El que escribe estas líneas no ha visto a Napoleón más que dos veces en toda su vida con ocho días de diferencia. Y esto durante el corto espacio de un relevo. La primera vez, cuando iba a Ligny, la segunda cuando volvía de Waterloo, aquella vez, a la luz del sol, ésta a la de una lámpara; la primera vez en medio de aclamaciones de la muchedumbre, la segunda en medio del silencio de una población.



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