Napoleon

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El 5 por la mañana, el mal que carcomía su cuerpo había llegado casi a su cénit; la escasa vida del enfermo era anhelante y dolorosa, la respiración cada vez más insensible; los ojos, desmesuradamente abiertos, estaban fijos y sin brillo. Algunas palabras vagas, postrera ebullición de su cerebro delirante, acudían de cuando en cuando a sus labios. Las últimas palabras que se le oyeron fueron «cabeza» y «ejército». Luego su voz se apagó; su mente se nubló y el mismo doctor creyó que se había extinguido por completo su vida. Con todo, a eso de las ocho se reanimó ligeramente el pulso; pareció distenderse el resorte mortal que cerraba la boca del moribundo y algunos suspiros profundos y supremos se exhalaron de su pecho. A las diez y media desapareció el pulso, y pasadas las once unos minutos el Emperador había dejado de existir.

Veinte horas después de la muerte de su ilustre enfermo, el doctor Antomarchi procedió a abrir el cadáver, conforme Napoleón le había insistido tanto. En seguida extirpó el corazón, que, con arreglo a las instrucciones recibidas, puso en alcohol para entregárselo a María Luisa. Pero en aquel momento se presentaron los ejecutores testamentarios diciendo que sir Hudson Lowe se negaba a dejar salir de Santa Elena, no sólo el corazón, sino cualquier otra parte del cuerpo. Todo debía quedar en la isla: el cadáver estaba clavado a su patíbulo.


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