Napoleon

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Una de las diversiones más habituales del joven Buonaparte era el cultivo de un pequeño parterre rodeado por una empalizada, al que solía retirarse en las horas de recreo. Cierto día, uno de sus compañeros, curioso por saber lo que éste podía hacer solo en su jardín, escaló la barrera y le descubrió ocupado en alinear en disposiciones militares una infinidad de guijarros, cuyo volumen indicaba la graduación. Al oír el ruido que hizo el indiscreto, Buonaparte volvió la cabeza y sintiéndose espiado, intimó al escolar a retirarse; pero éste, en vez de obedecer, se burló del joven estratega, que poco dispuesto a sufrir bromas, cogió el guijarro más grande que pudo y lo arrojó a la cabeza del incauto bromista, infringiéndole una herida en la frente de bastante gravedad.

Veinticinco años después, es decir, cuando nuestro escolar se hallaba en el apogeo de su fortuna, anunciaron a Napoleón que un individuo, que presumía de ser su compañero de colegio, deseaba hablarle. Como más de una vez los intrigantes se habían valido de este pretexto para llegar hasta él, el antiguo escolar de Brienne mandó al ayudante de campo de servicio para que preguntara el nombre de aquel condiscípulo; y, como este nombre no despertaba ningún recuerdo en el pensamiento de Napoleón, le dijo:


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