Napoleon

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Sin embargo, por mucha que fuera la seguridad del general en jefe, no podía apoderarse de Tolón sin practicar un reconocimiento antes, así que tuvo que ser paciente y esperar hasta el día siguiente. Al romper el día, llamó a su ayudante de campo, Dupas, y al jefe de batallón Buonaparte y les hizo subir a su cabriolé para inspeccionar las primeras labores de defensa. Atendiendo a las observaciones de Buonaparte, el jefe renunció a la bayoneta, aunque no sin cierto resentimiento y optó de nuevo por la artillería. Como resultado, se dieron órdenes directas por el general en jefe y él mismo se aseguró de que se iban cumpliendo correctamente, a fin de apresurar su efecto.

Pasadas ya las grandes cimas, desde se descubre Tolón, como si yaciera tumbada en medio de su jardín semioriental con los pies metidos en el mar. El general se apea del cabriolé con los dos jóvenes y penetra en una viña en medio de la cual ve algunos cañones alineados detrás de una especie de parapeto. Buonaparte mira a su alrededor sin adivinar lo que pasa; el general se recrea un momento en el asombro de su jefe de batallón y volviéndose después hacia su ayudante de campo, le dice con una sonrisa de satisfacción.

—¿No son ésas nuestras baterías, Dupas?

—Sí, general, contesta el otro.

—¿Y nuestro parque?

—Se halla a cuatro pasos.


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