Napoleon
Napoleon La prueba era concluyente; pero Cartaux, no queriendo darse por vencido, no se daba por satisfecho afirmando que «aquellos aristócratas de Marsella eran los que habían echado a perder la pólvora».
Sin embargo, estropeada o no, como la pólvora no propulsa los proyectiles más lejos, es preciso tomar otras medidas. Se vuelve al cuartel general; Buonaparte pide un plano de Tolón, lo despliega sobre una mesa y después de estudiar un instante la situación de la ciudad y sus diferentes obras defensivas, desde el reducto construido en la cima del monte Faraón, que le domina, hasta los fuertes de Lamalgue y de Malbousquet, que protegen su derecha y su izquierda, el joven jefe de batallón pone el dedo sobre un reciente reducto levantado por los ingleses, y dice con la rapidez y la concisión enigmática del genio:
—Aquí está Tolón.
Cartaux es ahora quien a su vez no comprende nada; tomando al pie de la letra las palabras de Buonaparte, y volviéndose hacia Dupas, su fiel ayudante, le dice:
—Parece que el «Capitán cañón» no es muy fuerte en geografía.
Éste fue el primer sobrenombre de Buonaparte; ya veremos cómo mereció después el de «Pequeño cabo».