Napoleon
Napoleon A diferencia de la literatura de ficción, entre los historiadores, la naturaleza del personaje a historiar era de tal complejidad que sus contemporáneos fueron los primeros en constatar la dificultad de su retrato. En 1827, Jacques de Norvins, el primer historiador de Napoleón en dedicarle una obra ambiciosa, escribió, después de haberse dedicado a ello intensivamente, sobre la imposibilidad de llevar a cabo una empresa de este tipo que trazara un cuadro satisfactorio del personaje. Para este historiador, su extraordinaria grandeza en todos los aspectos —su exceso de genio, su exceso de fortuna y su exceso de desgracia— debía hacer temblar «en proporciones colosales» a quien se atreviera a llevarlo a cabo. Él mismo confesó que, consagrado al estudio de la vida de Napoleón desde el 18 Brumario, la extensión y las dificultades de una tarea como esta le habían inspirado profundo desánimo[7].
Sin embargo, a pesar de tales imponderables, el interés que siempre hubo en vida por el personaje, y que inspiró también tantos escritos desfavorables —liberales como los de Benjamin Constant o Madame de Staël, o realistas como los de Chateaubriand[8]—, aumentó todavía más después de su derrota y exilio, en que surgió toda una leyenda rosa del personaje.