El suicidio

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Analicemos el fenómeno. Cierto número de hombres reunidos se ven influidos por una misma circunstancia y se percatan de esa unanimidad, al menos parcial, por la identidad de los signos en los que se manifiesta cada sentimiento particular. ¿Qué ocurre entonces? Que cada uno se representa confusamente el estado en el que se encuentran los que están a su alrededor. Las imágenes que expresan las diferentes manifestaciones, emanadas de diversos sectores de la colectividad, se perpetúan en los espíritus con variados matices. Hasta aquí nada de lo ocurrido puede calificarse de imitación; sólo ha habido impresiones sensibles, después sensaciones, idénticas en todos sus puntos a las que determinan en nosotros los cuerpos externos[103]. ¿Qué ocurre a continuación? Una vez despertadas en mi conciencia estas representaciones se combinan tanto entre sí como con la que constituye mi sentimiento concreto. Así, se forma un estado nuevo, que ya no es mío en el mismo grado que lo era el precedente, que es menos particular y al que una serie de operaciones repetidas, análogas a la primera, va desembarazando de lo que le queda de su peculiaridad. Estas combinaciones no deben calificarse de imitación, a menos que se convenga en llamar así a toda operación intelectual por la que dos o más estados de conciencia similares se enlazan entre sí debido a sus semejanzas para fusionarse después y confundirse en una resultante que los absorbe y difiere de ellos. No queremos excluir ninguna definición, pero hay que reconocer que esta sería particularmente arbitraria y constituiría una fuente de confusión, puesto que no queda nada en la palabra de su acepción usual. En lugar de imitación, es creación lo que debiera decirse, puesto que de dicha suma de fuerzas resulta algo nuevo. Este procedimiento es el único que otorga al espíritu el poder de crear.


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