El suicidio

El suicidio

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Una vez admitida esta distinción, podemos reducir la lista de suicidios imputables a la imitación, aunque es incontestable que son muy numerosos. No existe ningún fenómeno que sea más fácilmente contagioso; ni el impulso homicida se difunde así. Los casos en los que se propaga automáticamente son menos frecuentes y, sobre todo, el papel de la imitación suele ser en ellos menos preponderante. Se diría que, en contra de la opinión común, el instinto de conservación está menos arraigado en el alma que los principios básicos de la moralidad, pues resiste peor a la acción de las mismas causas. Pero, aun reconociendo estos hechos, la cuestión que nos hemos planteado al comienzo de este capítulo, queda sin resolver. Del hecho de que el suicidio se contagie de un individuo a otro no se desprende a priori que este contagio produzca efectos sociales, es decir, influya sobre la tasa de suicidios, el fenómeno que estudiamos. Por incontestable que sea, bien puede ocurrir que no tenga más que consecuencias individuales y esporádicas. Las observaciones anteriores no resuelven el problema, pero muestran mejor su extensión. Si la imitación es, como se ha dicho, una fuente original y particularmente fecunda de fenómenos sociales, debe ejercer su poder sobre el suicidio, puesto que no hay acto alguno sobre el que tenga mayor imperio. El suicidio nos permitirá probar, de forma decisiva, las maravillosas virtudes que se atribuyen a la imitación.


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