El suicidio

El suicidio

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Se suele atribuir a la imitación cierto número de hechos que parecen tener otro origen. Pensemos, por ejemplo, en los suicidios obsesivos. En su Historia de la guerra de los galos contra los romanos[112] Josefo cuenta que, durante el asalto a Jerusalén, cierto número de sitiados se dieron muerte con sus propias manos. Cuarenta guerreros, en concreto, refugiados en un subterráneo, decidieron darse muerte matándose unos a otros. Cuenta Montaigne que los xantienos, sitiados por Bruto, «se precipitaron en confusión, hombres, mujeres y niños, con un deseo de morir tan furioso, que no se ha hecho, por huir de la muerte, nada semejante a lo que ellos hacían por huir de la vida de tal modo que Bruto apenas pudo salvar a un pequeño número»[113]. No parece que el origen de estos suicidios en masa fuera una o dos causas individuales, siendo el resto una mera repetición. Parecen resultar de una resolución colectiva, de un verdadero consensus social, más que de una simple propagación contagiosa. La idea no nace de un sujeto en particular para extenderse a otros, sino que es elaborada por el grupo que, ante una situación desesperada, se sacrifica colectivamente. Lo mismo sucede cada vez que un cuerpo social cualquiera reacciona en común ante la misma circunstancia. El acuerdo no cambia de naturaleza porque se establezca en un rapto de pasión; no sería otro, esencialmente, aunque fuese más metódico y más reflexivo. Aquí parece impropio hablar de imitación. Podemos decir otro tanto de muchos hechos del mismo género como el que cuenta Esquirol: «Los historiadores aseguran que los peruanos y los mexicanos, desesperados por la destrucción de su culto… se mataron en tan gran número que perecieron más por sus propias manos que por el hierro y el fuego de sus bárbaros conquistadores». Para poder hablar de imitación no basta con comprobar que cierto número de suicidios se produce en el mismo momento y en idéntico lugar, pues pueden deberse a un estado general del medio social del que resulta una disposición colectiva del grupo que se traduce en un suicidio múltiple. En definitiva, tal vez fuera interesante distinguir entre las epidemias morales y el contagio moral para precisar, pues ambas expresiones se emplean indistintamente y son en realidad dos tipos de causas muy diferentes. La epidemia es un hecho social producido por causas sociales; el contagio no es más que un encadenamiento más o menos repetido de hechos individuales[114].


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