El suicidio
El suicidio Si no hay nada en la viudez que encubra los dones innatos de la mujer por el hecho de estar destinada al matrimonio, si no hay ningún signo visible de su presencia, carecemos de motivo para suponer que existen. La hipótesis de la selección matrimonial no se ajusta a todo el sexo femenino.
Nada autoriza a pensar que la mujer llamada al matrimonio posea una constitución privilegiada que la inmunice en cierta medida contra el suicidio. Es una hipótesis que tampoco tiene fundamento en el caso de los varones. El coeficiente de 1,5, del que se benefician los casados sin hijos, no se debe a que pertenezcan al grupo más sano de la población; tiene que ser un efecto del matrimonio. Hay que admitir que la sociedad conyugal, tan perniciosa para la mujer es, por el contrario, beneficiosa para el hombre aun en ausencia de hijos. Los que entran a formar parte de ella no constituyen una aristocracia de nacimiento, no llevan al matrimonio un temperamento que los aparte del suicidio; adquieren este temperamento viviendo la vida conyugal. Si tienen algunas prerrogativas naturales son muy vagas e indeterminadas, y permanecen latentes hasta que se producen determinadas condiciones. El suicidio depende, más que de las cualidades congénitas de los individuos, de causas externas a ellos y que los dominan.