El suicidio

El suicidio

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Pero entonces, si nada la contiene desde fuera, no puede ser por sí misma sino una fuente de tormentos. Porque los deseos ilimitados son insaciables por definición y, no sin razón, se ha considerado que la insaciabilidad es patológica. Puesto que nada los limita, sobrepasan siempre e indefinidamente los medios de los que disponen; nadie sabría calcularlos, pues una sed inextinguible es un suplicio perpetuamente renovado. Es cierto que se ha dicho que es propio de la actividad humana desplegarse sin fin y fijarse metas que no puede alcanzar. Pero no es fácil conciliar tal estado de indeterminación ni con las condiciones de la vida mental ni con las exigencias de la vida física. Por mucho placer que el hombre sienta al actuar, al moverse, al esforzarse, es preciso que sienta que sus esfuerzos no son en vano y que, al marchar, avanza. Ahora bien, no se adelanta cuando no se marcha hacia algún fin, o, lo que viene a ser lo mismo, cuando el objeto al que se tiende es el infinito. Si siempre se recorre la misma la distancia, por mucho camino que se recorra, es como si uno se hubiese agitado sin moverse del sitio. Hasta las miradas retrospectivas y el sentimiento de orgullo que se puede experimentar al considerar el camino ya recorrido no podrían darnos más que una satisfacción ilusoria, puesto que lo que queda por recorrer no ha disminuido en proporción. Perseguir un fin inaccesible por definición es condenarse a un perpetuo estado de descontento. Sin duda, el hombre tiene fe contra toda razón, y hasta cuando es irrazonable, porque la esperanza es un placer. Puede que le sostenga algún tiempo, pero la esperanza no podría sobrevivir indefinidamente a las repetidas decepciones de la experiencia. Ahora bien: ¿qué puede aportar el porvenir, cuando nunca será posible alcanzar un estado permanente y no podremos acercarnos al ideal vislumbrado? Así, cuanto más se tenga, más se querrá, puesto que las satisfacciones recibidas estimulan las necesidades, en lugar de calmarlas. ¿Se dirá que la acción es agradable en sí misma? En primer lugar, quien lo afirme debe estar bastante ciego para no sufrir por su inutilidad. Después, para que se perciba el placer y atempere y vele la inquietud dolorosa que lo acompaña, es preciso que el movimiento sin fin se despliegue siempre con comodidad y sin contrariedad alguna. Cuando existe alguna traba sólo quedan la inquietud y el malestar que conlleva. Sería un milagro si no surgiera nunca algún obstáculo infranqueable. En estas condiciones, lo único que nos une a la vida es un hilo muy tenue que puede romperse en cualquier momento.


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