El suicidio
El suicidio Pero no ocurre lo mismo con el hombre, porque la mayor parte de sus necesidades no dependen, o no en la misma medida, del cuerpo. Podemos determinar la cantidad de alimentos necesarios para el sostenimiento físico de una vida humana, aunque el cálculo sea más flexible que en el caso anterior y el margen esté más abierto a la libre combinación del deseo. Pues más allá del mínimo indispensable con el que la naturaleza está dispuesta a conformarse cuando procede instintivamente, el intelecto más despierto vislumbra condiciones mejores, que aparecen como fines deseables y requieren actividad. Sin embargo, los apetitos de ese género encuentran, tarde o temprano, un límite que no pueden franquear. Pero ¿cómo fijar la cantidad de bienestar, de confort, de lujo que puede legítimamente perseguir un ser humano? Ni en la constitución orgánica, ni en la constitución psicológica del hombre hay nada que marque un límite a semejantes inclinaciones. El funcionamiento de la vida individual no exige que nuestro deseo se frene antes o después, como prueba el que no haya hecho más que evolucionar desde el comienzo de la historia, el que cada vez lo satisfagamos más y que, sin embargo, la salud media no se haya debilitado. Sobre todo, ¿cómo establecer las variaciones necesarias, según las condiciones, las profesiones, la importancia relativa de los servicios, etc.? No hay ninguna sociedad que satisfaga por igual a los diferentes niveles de la jerarquía social. Sin embargo, en sus rasgos esenciales, la naturaleza humana de todos los ciudadanos es la misma y no puede asignar a las necesidades ese límite variable que precisan. Por consiguiente, como dependen del individuo, son ilimitadas. En sí misma, abstracción hecha de todo poder regulador externo, nuestra sensibilidad es un abismo sin fondo que nada puede colmar.