El suicidio
El suicidio Pero sucede lo mismo cuando el origen de la crisis está en un brusco aumento del poderÃo y la fortuna. Como las condiciones de vida han cambiado, la escala que regula las necesidades no puede ser la misma porque varÃa con los recursos sociales y determina en conjunto la parte que debe corresponder a cada categorÃa de productores. La producción se ha alterado, pero no puede improvisarse una nueva jerarquización. Hace falta tiempo para que la conciencia pública reclasifique a los hombres y las cosas. Hasta que las fuerzas sociales liberadas no vuelvan a encontrar su equilibrio, el valor permanece indeterminado y, por consiguiente, toda reglamentación será defectuosa durante algún tiempo. Ya no se sabe lo que es posible y lo que no, lo que es justo o injusto, qué reivindicaciones y esperanzas son legÃtimas y cuáles no. Por consiguiente, se aspira a todo. Por poco profunda que sea esta conmoción, conmueve los principios que presiden la distribución de los ciudadanos en los diferentes empleos. Porque como se modifican las relaciones entre las diversas partes de la sociedad, las ideas que expresan esas relaciones no pueden ser las mismas. La clase a la que la crisis ha favorecido especialmente ya no está dispuesta a resignarse, y la ostentación de su fortuna despierta la codicia. AsÃ, los apetitos que no se ven limitados por una opinión pública desorientada no saben dónde están los lÃmites. Por otra parte, en ese mismo momento están en un estado de eretismo natural porque la vitalidad general es más intensa, la prosperidad ha crecido, los deseos se han exaltado. La rica presa que se les ofrece los estimula, los hace más exigentes, más impacientes con las reglas, justo cuando esas reglas tradicionales han perdido su autoridad. El estado de irregularidad o de anomalÃa se ve reforzado por el hecho de que las pasiones están menos disciplinadas en el momento en el que existe la necesidad de una disciplina más fuerte.