El suicidio

El suicidio

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Esta explicación se ve confirmada por la singular inmunidad de la que gozan los países pobres. Si la pobreza protege contra el suicidio es porque, en sí misma, es un freno. Por mucho que se quiera, para satisfacer los deseos hay que contar con medios; lo que se tiene, determina lo que se quiere tener. Por consiguiente, cuanto menos posea uno, menos intenta ampliar el círculo de sus necesidades. La impotencia nos constriñe a la moderación acostumbrándonos a ella. Además, donde la mediocridad es general, nada viene a excitar el deseo. En cambio la riqueza, por los poderes que confiere, crea la ilusión de que nos engrandecemos por nosotros mismos. Al disminuir la resistencia que oponen las cosas, creemos que podemos vencerlas indefinidamente. Ahora bien, cuanto menos limitado esté uno, más insoportable le parece toda limitación. De ahí que tantas religiones hayan celebrado, no sin razón, los beneficios y el valor moral de la pobreza. Porque es, en efecto, la mejor de las escuelas para enseñar al hombre a contenerse. Al obligarnos a ejercer sobre nosotros mismos una constante disciplina nos prepara a aceptar dócilmente la disciplina colectiva, mientras que la riqueza, exaltando al individuo, siempre corre el riesgo de despertar ese espíritu de rebelión que es la fuente misma de la inmoralidad. No hay duda de que esta no es razón para impedir a la humanidad que mejore su condición natural. Pero si el peligro moral que arrastra consigo todo aumento de bienestar es irremediable, es preciso, con todo, no perderlo de vista.


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