El suicidio

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Desde hace un siglo, en efecto, el progreso económico ha consistido, principalmente, en eximir a las relaciones industriales de toda reglamentación. Hasta muy recientemente, todo un sistema de poderes morales tenía por función disciplinarlos. Por lo pronto, estaba la religión, cuya influencia se hacía sentir por igual entre los obreros y los patronos, los pobres y los ricos. Consolaba a los primeros y los enseñaba a contentarse con su suerte, mostrándoles que el orden social es providencial, que Dios mismo ha fijado el lugar de cada cual, y prometiéndoles un mundo futuro que compensaría las desigualdades de este. Moderaba a los ricos recordándoles que los intereses terrenales no lo son todo para el hombre, que deben subordinarse a otros, más elevados y, por consiguiente, que no conviene perseguirlos sin regla ni medida. El poder temporal, por su parte, limitaba su desarrollo mediante la supremacía que ejercía sobre las funciones económicas y el estado relativamente subalterno en el que las mantenía. Por último, en el seno mismo del mundo de los negocios, eran los gremios, reglamentando los salarios, el precio de los productos y la producción misma, los que fijaban indirectamente el nivel medio de las rentas, el cual forzosamente regula, en parte, las necesidades. Al describir esta organización, no intentamos, desde luego, proponerla como modelo. Está claro que, sin profundas transformaciones, no podría convenir a las sociedades actuales. Sólo constatamos que existía, que producía efectos útiles, y que hoy no sucede nada de eso.


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