El suicidio
El suicidio Se puede hacer la misma observación a propósito de los sentimientos morales más estables y fundamentales. Por ejemplo, toda sociedad dice respetar la vida del hombre, pero la intensidad de ese respeto está predeterminada y puede medirse atendiendo a la gravedad relativa[297] de las penas por homicidio. Por otro lado, el hombre medio experimenta ese mismo sentimiento, pero en un grado bastante menor y de forma muy diferente que la sociedad. Para darse cuenta de esta diferencia, basta con comparar la emoción que pueden suscitar en un individuo el asesino y el espectáculo mismo del asesinato y la que se apodera, en las mismas circunstancias, de las multitudes. Sabemos a qué extremos se dejan arrastrar, si nada se les resiste; en ese caso, la cólera es colectiva. Apreciamos la misma diferencia a cada instante entre la manera en que la sociedad resiente estos atentados y la forma en que afectan a los individuos, es decir, entre la forma individual y social del sentimiento que ofenden. La indignación social tiene tanta fuerza que es difícil que quede satisfecha con algo que no sea la expiación suprema. Si la víctima es un desconocido o nos es indiferente, si el autor del crimen no vive en nuestra sociedad y, por consiguiente, no constituye para nosotros una amenaza personal, aun considerando justo el castigo del acto, no estaremos lo suficientemente emocionados como para experimentar una verdadera necesidad de vengarlo. No daremos ni un paso para descubrir al culpable; hasta nos repugnará entregarlo. La cosa sólo cambia cuando la opinión pública toma cartas en el asunto. Entonces nos volvemos más exigentes y más activos. Pero es la opinión pública la que habla por nuestra boca: obramos bajo la presión de la colectividad, no como individuos.