El suicidio
El suicidio Es frecuente que la distancia entre el estado social y sus repercusiones individuales se incremente. En el ejemplo anterior, el sentimiento colectivo, al individualizarse, conservaba la fuerza suficiente como para oponerse a los actos que lo ofenden. El horror al derramamiento de sangre humana está hoy profundamente arraigado en la generalidad de las conciencias para prevenir la eclosión de ideas homicidas. Pero la simple sustracción, el fraude silencioso y sin violencia, están lejos de inspirarnos la misma repulsa. No hay muchos que respeten los derechos de otro lo suficiente como para ahogar todo deseo de enriquecimiento injusto. No es que la educación no aleje de todo acto contrario a la equidad. ¡Pero qué distancia entre ese sentimiento vago, vacilante, siempre dispuesto a los compromisos, y la deshonra categórica, sin reservas y sin reticencias, de la que la sociedad inviste al robo en todas sus formas! Y qué diremos de tantos otros deberes aún menos arraigados en el hombre ordinario, como el que nos ordena contribuir con nuestra parte equitativa a los gastos públicos, el de no defraudar al fisco, el de no evitar el servicio militar, el de cumplir lealmente nuestros compromisos, etc. Si lo único que garantizara la moralidad en estos casos fueran los sentimientos vacilantes de las conciencias medias, sería singularmente precaria.