El suicidio
El suicidio Es un error confundir, como se ha hecho tantas veces, el tipo colectivo de una sociedad con el tipo medio de los individuos que la componen. El hombre medio es de una moralidad muy mediocre. Adopta las máximas más esenciales de la ética con escasa fuerza, y aún éstas están lejos de revestir la precisión y autoridad de la que gozan en el tipo colectivo, es decir, en el conjunto de la sociedad. Esta confusión, cometida por Quételet, convierte a la génesis de la moral en un problema incomprensible. Porque si el individuo es, en general, mediocre, ¿cómo ha podido crear una moral que le sobrepasa a partir del promedio de los temperamentos individuales? SerÃa un milagro que lo más naciera de lo menos. Si la conciencia común no es otra cosa que la conciencia más general, no puede elevarse por encima del nivel vulgar. Pero, entonces, ¿de dónde vienen esos preceptos elevados y netamente imperativos que la sociedad se esfuerza en inculcar a sus hijos y cuyo respeto impone a sus miembros? No sin razón, las religiones primero y muchas filosofÃas después consideran que la moral sólo adquiere realidad plena a través de Dios. Y es que el pálido e incompleto esquema moral de las conciencias individuales no es el tipo original. Es una reproducción infiel y grosera, cuyo modelo debe existir en alguna parte de los individuos. Por eso, la imaginación popular, con su simplismo, sitúa su origen en Dios. La ciencia, sin duda, no podrÃa detenerse en esta concepción cuya explicación no le compete[298]. Sólo que, si la descartamos, entonces la moral o bien queda en el aire, inexplicada, o bien la definimos como un sistema de estados colectivos. O no procede de nada que esté en el mundo de la experiencia, o procede de la sociedad. No puede existir más que en una conciencia; si no es en la del individuo, será en la del grupo. Pero, en este último caso, hay que admitir que la segunda, lejos de confundirse con la conciencia media, la desborda.