El suicidio
El suicidio En Zúrich, cuenta Michelet, el cadáver era sometido en otros tiempos a un trato espantoso. Si el hombre se había apuñalado, se le introducía cerca de la cabeza un pedazo de madera en el cual se clavaba el cuchillo; si se había ahogado, se le enterraba a cinco pies del agua en la arena[309]. En Prusia, hasta el código penal de 1871, el entierro debía tener lugar sin pompa alguna y sin ceremonias religiosas. El nuevo código penal alemán aún castiga la complicidad con tres años de prisión (art. 216). En Austria, las antiguas prescripciones canónicas se mantienen casi íntegramente.
El derecho ruso es más severo. Si el suicida no parece haber obrado bajo la influencia de una perturbación mental, crónica o pasajera, su testamento se considera nulo, al igual que toda disposición testamentaria que haya podido otorgar. Se le niega sepultura cristiana. La simple tentativa se castiga con una multa que fija la autoridad eclesiástica. Por último, todo el que incite a otro a matarse o le ayude de cualquier manera a ejecutar su resolución, por ejemplo, proporcionándole los instrumentos necesarios, es cómplice de homicidio premeditado[310]. El código español, aparte de las penas religiosas y morales, prescribe la confiscación de los bienes y castiga toda complicidad[311].