El suicidio

El suicidio

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Esta legislación impera entre todos los pueblos cristianos y a veces es incluso más severa que en Francia. En la Inglaterra del siglo X, uno de los cánones del rey Edgar asimilaba los suicidas a los ladrones, asesinos y criminales de toda especie. Hasta 1823 se mantuvo la costumbre de arrastrar el cuerpo del suicida por las calles y enterrarlo en un camino público, sin ninguna ceremonia. Todavía hoy se les inhuma en lugar aparte. El suicida era declarado felón (felo de se) y sus bienes incorporados a la Corona. Esta disposición no se abolió hasta 1870, cuando se abolieron las confiscaciones por causa de felonía. Bien es verdad que lo exagerado de la pena la había hecho inaplicable desde hacía mucho tiempo: el jurado interpretaba la ley declarando, muy a menudo, que el suicida había obrado en un momento de locura y no era responsable de sus actos. Pero el acto sigue siendo delito; cada vez que se comete, es objeto de una instrucción regular y de un juicio en el que, en principio, se castiga la tentativa. Según Ferri[308], en 1899, aún se instruyeron 106 procedimientos por este delito y hubo 84 condenas, sólo en Inglaterra. Lo mismo cabe decir, con mayor razón, en el caso de la complicidad.





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