El suicidio

El suicidio

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Sólo muy recientemente se ha avanzado en esta dirección. Se ha dicho que, si el suicidio es y merece ser prohibido es porque, al matarse, el hombre se sustrae a sus obligaciones sociales. Pero si sólo nos moviera esta consideración deberíamos, como en Grecia, dejar en libertad a la sociedad para levantar a su arbitrio una prohibición establecida en su provecho. Si le negamos esta facultad es porque no creemos que el suicida sea un mal deudor, ya que un acreedor siempre puede cancelar su deuda. Por otra parte, si la reprobación de la que el suicidio es objeto no tuviera otro origen, debería ser tanto más formal cuanto más estrechamente subordinado al Estado se halle el individuo; por consiguiente, sería en las sociedades inferiores donde alcanzaría su apogeo. En cambio, es más fuerte a medida que los derechos del individuo se desarrollan frente a los del Estado. Así pues, si el rechazo es tan formal y severo en las sociedades cristianas debemos buscar su causa no en la noción que estos pueblos tienen del Estado, sino en la nueva concepción que se han formado de la persona. Esta se ha convertido a sus ojos en un objeto sagrado y hasta en el objeto sagrado por excelencia, que escapa al control de todos. Sin duda, en las ciudades-estado el individuo ya no tenía una existencia tan borrosa como entre los pueblos primitivos. Se le reconocía un valor social, pero se consideraba que este valor pertenecía por completo al Estado; la comunidad política podía disponer libremente de él. Pero hoy el individuo ha adquirido una dignidad que le sitúa por encima de sí mismo y de la sociedad. Mientras no se deshonre o pierda por su conducta su cualidad de hombre, participa de esa naturaleza sui generis que toda religión presta a sus dioses, intangibles para todo lo que es mortal. Impregnado de religiosidad, el hombre se ha convertido en un dios para los hombres. Por eso todo atentado contra él nos hace el efecto de un sacrilegio. Ahora bien, el suicidio es uno de esos atentados. Poco importa de dónde venga el golpe; nos escandaliza por la sola razón de que viola ese carácter sacrosanto que está en nosotros y que debemos respetar en nosotros tanto como en los demás.


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