El suicidio
El suicidio En efecto, esta especie de trascendencia que concedemos a la persona no es de carácter especial; es la marca que imprimen a los objetos todos los sentimientos colectivos de cierta intensidad. Precisamente porque emanan de la colectividad, los fines hacia los que se dirigen nuestras actividades no pueden ser más que colectivos. La sociedad tiene sus necesidades, que no son las nuestras. Los actos que nos inspira no coinciden con nuestras inclinaciones individuales, no tienen por objeto nuestro propio interés, sino que consisten más bien en sacrificios y en privaciones. Cuando ayuno y me sacrifico para agradar a la divinidad; cuando, por respeto a una tradición, cuyo sentido y alcance ignoro con frecuencia, me impongo alguna molestia; cuando pago mis impuestos; cuando ofrezco mi sufrimiento o mi vida al Estado, renuncio a algo de mà mismo. Y a través de la resistencia que nuestro egoÃsmo opone a esas renuncias nos damos cuenta de que nos las exige una fuerza a la que estamos sometidos. Hasta cuando diferimos gozosamente sus órdenes, somos conscientes de que nuestra conducta está determinada por un sentimiento de deferencia hacia algo más grande que nosotros mismos. Sea cual fuere la espontaneidad con la que obedezcamos la voz que nos dicta esta abnegación, sentimos perfectamente que nos habla en un tono imperativo que no es el del instinto. Por eso, aunque oigamos esa trascendencia en el interior de nuestras conciencias no podemos, sin contradicción, considerarla nuestra. Nosotros la enajenamos, como hacemos con nuestras sensaciones; la proyectamos hacia fuera, la referimos a un ser que concebimos como exterior y superior a nosotros, puesto que ordena y nos conformamos a sus decisiones. Naturalmente, todo lo que parece provenir del mismo origen participa de idéntico carácter. De ahà que hayamos tenido que imaginar un mundo por encima de este y poblado con realidades de otra naturaleza.