El suicidio
El suicidio No podemos relacionar estrechamente el suicidio con la locura más que restringiendo arbitrariamente el sentido de las palabras. «No es un homicida de sà mismo —escribe Esquirol— aquel que, no procediendo más que por sentimientos nobles y generosos, se arroja a un peligro cierto, se expone a una muerte inevitable y sacrifica con gusto su vida para obedecer las leyes, guardar la fe jurada o por la salud de su paÃs»[26]. Cita el ejemplo de Decio, de Assas, etcétera. Falret alega lo mismo para no considerar suicidas a Curcio, a Codro, a Aristodemo[27]. Bourdin extiende esta excepción a todas las muertes voluntarias inspiradas no sólo por la fe religiosa o por las creencias polÃticas, sino también por sentimientos de exaltada ternura. Pero nosotros sabemos que la naturaleza de los móviles que determinan directamente el suicidio no sirve ni para definirlo ni para distinguirlo de lo que no es un suicidio propiamente dicho. Todas las muertes resultantes de un acto realizado por el causante mismo con pleno conocimiento de las consecuencias presentan, al margen del fin propuesto, semejanzas demasiado esenciales como para clasificarlas en géneros distintos; sea cual fuere su causa, constituyen especies de un mismo género. Para proceder a hacer estas distinciones precisamos un criterio distinto al del fin perseguido por la vÃctima. Hemos visto un grupo de suicidios en el que no se aprecia locura, y una vez que se ha abierto la puerta a las excepciones es muy difÃcil cerrarla. Entre estas muertes, inspiradas por pasiones particularmente generosas y las determinadas por móviles de menos valor moral no hay solución de continuidad, y se pasa de unas a otras a través de una degradación imperceptible. Si las primeras son suicidios, no hay razón alguna para no dar a las segundas el mismo nombre.