El suicidio

El suicidio

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Suicidio obsesivo. En este caso el suicidio no parece deberse a un motivo real o imaginario, sino sólo a la idea fija de la muerte que, sin razón alguna, se ha apoderado subversivamente del espíritu del enfermo. Este está obsesionado por el deseo de matarse, aunque sepa perfectamente que no tiene ningún motivo racional para hacerlo. Se trata de una necesidad instintiva, en la que no tienen cabida la reflexión y el razonamiento, al igual que sucede cuando los monomaniacos roban, matan e incendian. Como el sujeto se da cuenta del carácter absurdo de su deseo intenta luchar contra él. Pero, mientras se resiste, está triste, oprimido, y siente en la cavidad gástrica una ansiedad que aumenta día a día. De ahí que, a veces, se denomine a esta clase de suicidio suicidio ansioso. Véase la confesión que un enfermo hiciera un día a Brierre de Boismont: «Empleado en una casa de comercio, cumplía convenientemente los deberes de mi profesión. Ahora obro como un autómata y cuando se me dirige la palabra me parece que resuena en el vacío. Mi mayor tormento proviene de la idea del suicidio, de la que no puedo librarme ni por un instante. Hace un año que soy víctima de este impulso; al principio era poco acusado pero, tras dos meses, me persigue constantemente y, sin embargo, no tengo ningún motivo para darme muerte: mi salud es buena, nadie en mi familia ha padecido una afección semejante, no he tenido pérdidas económicas, mis ingresos me bastan y puedo permitirme los placeres propios de mi edad»[23]. Cuando el enfermo decide renunciar a la lucha, la ansiedad cesa y vuelve a la calma. Si el intento aborta, basta para suprimir, por algún tiempo, este deseo malsano. Diríase que al sujeto se le han quitado las ganas. Suicidio impulsivo o automático. No tiene más motivos que el precedente; carece de razón de ser en la realidad y en la imaginación del enfermo. Sólo que, en lugar de producirse por una idea fija, que atormenta el espíritu durante un tiempo más o menos largo y va dominando progresivamente la voluntad, resulta de un impulso brusco, el inmediato e irresistible. En un abrir y cerrar de ojos surge la idea en su plenitud y tiene lugar el acto o, al menos, un comienzo de ejecución. Esta ligereza recuerda lo que hemos observado antes en la manía, pero el suicidio maniático siempre se basa en alguna razón, aunque sea irracional debido a las concepciones delirantes del sujeto. En el suicidio automático, la inclinación al suicidio estalla y produce sus efectos con auténtico automatismo, sin que la preceda acción intelectual alguna. La vista de un cuchillo o pasear al borde de un precipicio, por ejemplo, evocan instantáneamente la idea del suicidio y el acto se lleva a cabo con tal rapidez que a menudo los enfermos no tienen conciencia de lo que pasa. «Un hombre charla tranquilamente con sus amigos, de repente echa a correr, salta desde un precipicio y cae al agua. Cuando le salvan y le preguntan por los motivos de su conducta, dice no saber nada, haber cedido a una fuerza que le ha arrastrado a su pesar»[24]. «Lo que hay en esto de singular —dice otro suicida potencial— es la imposibilidad de recordar cómo he escalado la ventana y qué idea me poseía entonces. Yo no había tenido nunca la intención de matarme o, al menos, no recuerdo haberla tenido»[25]. Los enfermos sienten nacer el impulso e intentan escapar a la fascinación que ejerce sobre ellos una muerte de la que intentan huir.

En definitiva, los suicidios vesánicos, o carecen de motivo o los determinan motivos puramente imaginarios. Un gran número de muertes voluntarias no entran ni en una ni en otra categoría; la mayoría de los suicidas tienen motivos reales. No todos los suicidas están locos. De los suicidios que acabamos de describir, el más difícil de distinguir de las formas de suicidio de los hombres sanos de espíritu es el suicidio melancólico. Es frecuente que el hombre normal que se mata se encuentre en el mismo estado de abatimiento y depresión que el enajenado. Pero existe una diferencia esencial: el estado del primero y el acto resultante tienen una causa objetiva, mientras que el del segundo carece de toda relación con las circunstancias externas. En resumen, los suicidios vesánicos se distinguen de los demás como las ilusiones y las alucinaciones de las percepciones normales y los impulsos automáticos de los actos deliberados. Sin embargo, se pasa de unos a otros sin solución de continuidad, aunque si esta fuera una razón para identificarlos, también deberíamos confundir la salud y la enfermedad, puesto que esta no es más que una variedad de aquella. Aun cuando se hubiera establecido que los sujetos medios no se matan jamás y que sólo se autodestruyen los que presentan anomalías, no podríamos considerar a la locura condición necesaria del suicidio, pues un enajenado no es sólo un hombre que piensa o que obra de forma algo diferente a la mayoría.


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