El suicidio
El suicidio No es la única razón que dificulta la existencia del neurópata. Como consecuencia de la extremada sensibilidad de su sistema nervioso, sus ideas y sus sentimientos siempre están en equilibrio inestable. Las impresiones más ligeras tienen en él un eco anormal, su actividad mental acaba patas arriba y, debido a esas continuas sacudidas, no puede concretarse. Se encuentra siempre en vías de transformación. Para que pudiera consolidarse, sería preciso que las experiencias tuviesen efectos duraderos, que no se diversificaran y desaparecieran por las bruscas revoluciones que sobrevienen al sujeto. Sólo se puede vivir en un medio fijo y constante cuando las funciones del ser vivo tienen un grado similar de constancia y de fijeza. Vivir es responder a los estímulos externos de una forma apropiada, y esta correspondencia armónica no puede establecerse más que con la ayuda del tiempo y el hábito. Es el resultado de tanteos, repetidos a veces durante varias generaciones, cuyos resultados se han convertido en hereditarios y que no puede reiniciarse cada vez que hay que obrar. Por otro lado, si todo estuviera por hacer en el momento de la acción, esta no podría ser todo lo que debe ser. Esa estabilidad no sólo es necesaria en nuestras relaciones con el entorno físico, sino también con el medio social. El individuo sólo puede vivir en una sociedad organizada a condición de tener una constitución mental y moral definida, algo de lo que carece el neurópata. El estado de estremecimiento en el que se encuentra hace que las circunstancias le dominen sin cesar de forma imprevista. Como no está preparado para reaccionar ante ellas se ve obligado a inventar formas originales de conducta; de ahí su gusto, bien conocido, por la novedad. Pero suelen fracasar cuando se trata de adaptarse a situaciones tradicionales, en las que las combinaciones improvisadas no pueden prevalecer sobre aquellas consagradas por la experiencia. Cuanta más fijeza tiene el sistema social, peor se adapta a él un sujeto tan variable.